20 enero, 2006

La novela de Juan Valera

Fragmento de la posdata añadida en 1879 a Las ilusiones del doctor Faustino, de Juan Valera.

He estado indeciso entre escribir algo o callarme acerca de la presente edición. Ya se ve que la hago por haberse agotado la primera, a pesar de los esfuerzos de profundos críticos a fin de demostrar que el libro es malo, que no es novela, y que yo no soy ni puedo ser novelista. Yo no he de ir a demostrar lo contrario. Es más: no me importa que se demuestre o no, con tal de que el libro se lea y se venda.
      Mi objeto al escribir esta posdata es otro.
      Aunque en Las ilusiones del doctor Faustino todo está claro, el espíritu sutil de ahora enturbia la mayor claridad, y es menester acudir con explicaciones y rectificaciones, si no quiere un pobre autor que le atribuyan propósitos que jamás tuvo.
      Mi idea al componer cuentos, narraciones, o lo que sean, ya que no sean novelas, no es probar nada. Para probar tesis, escribiría yo disertaciones. Mi intento es hacer una pintura de las costumbres y pasiones de nuestra época; una representación fiel y artística de la vida humana. De tal pintura o representación, si estuviere bien hecha, sacará cada lector, no una, sino varias enseñanzas, que no dudo que podrán serle útiles; pero el principal objeto del autor ha de ser la pintura, la obra de arte, y no la enseñanza.
      Para la pintura o representación, ¿cómo he de negar yo que se buscan y estudian modelos? Pero la obra de arte no se logra copiándolos servilmente. Contra tal sospecha me conviene protestar.
      Toda la fábula, en su conjunto, mal o bien imaginada, es invención mía. Nada hay en ella de real y de histórico. Los personajes que en la fábula intervienen son también inventados.
      Villabermeja es una utopia, aunque, para darle color y ser de lugar real tome yo rasgos y perfiles y pormenores de lugares que conozco y donde he vivido. De otra suerte, al menos así lo entiendo y lo siento, sin duda por la pobreza y esterilidad de mi cerebro, las creaciones del poeta son vanas y carecen de verdad y de atractivo. Sobre los rasgos y perfiles copiados, mi fantasía ha añadido lo conveniente para la fábula.
      Los apodos no tienen chiste, son falsos, cuando no son populares. Es menester que los invente o al menos que los adopte el pueblo. Por eso Respeta, Respetilla, D. Juan Fresco, las Civiles y el padre Piñón, confieso que no son apodos inventados por mí: yo no hubiera tenido jamás la habilidad de inventarlos; pero las personas que en mi narración llevan estos apodos, ni en costumbres, ni en circunstancias de la vida, ni en lances de fortuna, tienen nada que ver con los seres reales, tal vez conocidos en algún lugar con dichos apodos.
      Con los nombres de pila y con los apellidos procedo yo en mis novelas de un modo idéntico, por este prurito que tengo de remedar la verdad en las menudencias. Así, por ejemplo, Pepe Güeto y Don Acisclo son nombres que transcienden a mi provincia a cien leguas. Y así también, al hacer madre de D. Faustino a una señora principal de Ronda, le di apellido y la hice de una de las familias más principales de aquella ciudad: los Escalantes. Del mismo modo, D. Carlos, en El Comendador Mendoza, lleva, por ser rondeño, el apellido ilustre de Atienza, tan conocido y respetado en aquella ciudad. Como ni D. Carlos ni Dofia Ana hacen nada indecoroso, ningún inconveniente se sigue de que yo les dé tales apellidos.
      Para los títulos he procedido por manera semejante; y en vez de llamar a tal conde el de Prado Ameno, y al otro marqués el de Monte Alto, he buscado nombres propios de sitios conocidos en mi tierra, corno Fajalauza, Genazahar y Guadalbarbo.
      En anecdotillas o lances realmente ocurridos, ¿cómo he de negar que abundan mis novelas? Con estas verdades, incrustadas en la mentira o ficción poética, se hace verosímil dicha ficción. [...]
      Vengo, por último, al héroe principal de mi novela: al doctor Faustino. No hay personaje, en mi sentir, más dotado de verdad estética. No le hay, tampoco, más desprovisto de toda histórica realidad.
      Aunque yo soy poco aficionado a símbolos y alegorías, confieso que el doctor Faustino es un personaje que tiene algo de simbólico o de alegórico. Representa, como hombre, a toda la generación mía contemporánea: es un doctor Fausto en pequeño, sin magia ya, sin diablo y sin poderes sobrenaturales que le den auxilio. Es un compuesto de los vicios, ambiciones, ensueños, escepticismo, descreimiento, concupiscencias, etc., que afligen o afligieron a la juventud de mi tiempo. En él reúno los tres tipos o formas principales bajo que se presenta el hombre de dicha generación y de cierta clase, si clase pueden formar los que gastan levita, y no chaqueta. En su alma asisten la vana filosofía, la ambición política y la manía aristocrática. Ya sé que hay hombres mejores; pero yo no quería escribir la vida de un santo. Sé también que los hay más ridículos; pero no quería yo hacer una novela enteramente cómica y de figurón. Y sé también que los hay mil veces más odiosos y malvados; pero si D. Faustino lo fuese, dejaría de ser algo cómico, como yo quería, y dejaría de tener también algo de interesante y de patético, como me convenía que tuviese para mi plan de novela, o de lo que yo entiendo por novela, a pesar de los críticos. D. Faustino, dado mi plan, no podía ser sino como es. Fausto es más grande; pero también es más egoísta, más pervertido y más pecaminoso.
      En suma, y sea del valer moral de mi héroe lo que se quiera (o mejor dicho, lo que se le antoje a quienes quizá no se ven, y se juzgan la virtud misma) para pintar lo interior del alma de mi héroe, prescindiendo de lo que le sucede en el mundo, no he tenido más arte que mirar en el fondo del alma de no pocos amigos míos y en el fondo de mi propia alma, y analizar allí afectos, desengaños, pasiones e ilusiones.
      Este análisis, y perdóneseme la inmodestia, creo que está hecho con apacible serenidad, con frescura y con tino dignos de mi D. Juan Fresco.
      En esto reside, no ya sólo el mérito literario, si tiene alguno, sino también la sana moral, de que estoy convencido de que mi novela no carece.
      Las enfermedades y las deformidades físicas no se curan con sólo mirarlas y conocerlas; pero en las enfermedades del alma es ya gran remedio el ver y el conocer; y si por gracia de la fantasía poética se representan artísticamente esa intuición y ese conocimiento, la cura está ya casi realizada. Tal vez a los soberbios, que no quieren ver en ellos mismos ni uno solo de los defectos del doctor Faustino, sea a quienes peor y más detestable, moral y literariamente, les parezca su historia, que me atrevo, a pesar de todo, a encomendar de nuevo a la indulgencia del público ilustrado y desapasionado.

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2 comentario/s (feed de esta discusión):
Blogger innes escribió:

Este... ¿Acaso te interesa la filología? Digo... Es un decir.

1/25/2006 03:55:00 a. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Puede ser...

1/25/2006 01:44:00 p. m.  

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