14 enero, 2006

Entrevista a Francisco Ayala

Francisco Ayala¿Cómo va a vivir su centenario?

—Todo eso lo veo como objeto. Llega un momento en la vida en que uno sabe que todo ha terminado y empiezas a vivir mirando hacia el pasado; y es otra manera de estar instalado en el mundo. Sé que por razones del calendario cumpliré cien años, pero para mí no es una perspectiva a la que quiero llegar. Llegaré o no, ya veremos. Ahora he pasado de escritor a dictador, porque se lo dicto todo a mi mujer.

¿Por qué quiso dedicarse al arte antes que a la literatura?

—Mi madre aprendió a pintar desde pequeña, participó en exposiciones y pintó numerosos cuadros, algunos de ellos los tengo yo, y uno está dentro de mi obra literaria muy movido. La pintura ha sido muy importante en mi vida a través de mi madre. El ambiente cultural de Granada, cuando yo nací, era de pintores. Al casarse mi madre se acabó su pintura y un día me dio los pinceles y traté de pintar, pero como era algo con lo que no estaba satisfecho lo rompí, al igual que he hecho con la literatura: cuando una cosa me parecía que no estaba lograda, no la he publicado y la he destruido para que luego no me la publiquen. La vocación artística es indefinida, pero se concreta en las aptitudes personales de cada uno, y una cosa es sentir la pintura y otra ejercerla, al igual que la literatura.

¿Le disgustan las apariciones de papeles inéditos?

—Me he precavido en ese sentido al eliminar lo que no quería que saliera publicado, porque no lo he respaldado.

Dicen que destruye los originales de sus novelas y que no conserva gran parte de su biblioteca así como cartas y demás documentos.

—No he sido demasiado exteriorizador porque soy muy reservado como persona, y por lo tanto hay pocas cosas que puedan exhibirse que resulten pintorescas. Además, cuando considero que una cosa no hay que divulgarla, lo evito destruyéndola. No guardo un archivo de cartas, porque luego son la diversión de los demás.

Pero sus originales podrían ser muy útiles a los investigadores para estudiar el proceso de sus obras.

—Elimino todos los originales, todo ese taller. Hago pruebas, pero ese material lo tiro. ¿Para qué dejar ahí ese testimonio? ¿A quién le importan los pasos que yo he dado para escribir una novela? Eso es cuestión mía.

¿Qué le gustaría cambiar de algunas de sus obras?

—Nada. Una vez que he publicado una obra no he cambiado ni una coma, a no ser que hubiera una errata. No, nunca, si la he publicado es porque creía que ya estaba lista.

En sus muchos traslados también perdió parte de su biblioteca.

—No ha sido ninguna tragedia la pérdida de algunos libros, aunque otros sí los apreciaba mucho. Aprovecharon las circunstancias de la Guerra Civil para robarme ejemplares que contenían dedicatorias, para mí muy importantes, de Ortega y Gasset, Azaña y García Lorca. Años más tarde tuvieron la caradura de ofrecérmelos para que los comprara, y no acepté por asco.

¿Qué le gustaría que quedara de su obra?

—En la actualidad asistimos a la profesionalización de la literatura y yo no he querido ser un escritor profesional, entendiendo por profesional el que quiere vivir de lo que escribe. Yo no me he sentido forzado a publicar para ganar dinero y nunca he hecho cuestión de ganancia económica con los productos de mi imaginación. Claro está que en la vida actual hay gente que escribe para todo, pero una cosa es eso y otra la creación literaria. Todo esto es una cuestión de explotación económica que no tiene que ver con la literatura.

¿Ése es el mal de la actualidad?

—La gente se cree que la literatura es tan fácil como freír un huevo, y cree que escribe una novela o un cuento, pero lo escriben mal.

Su obra es considerada como una defensa de la libertad. ¿En qué estado se encuentran las libertades?

—En un terreno personal, la libertad consiste en ser leal a uno mismo, y no hacer lo que uno sabe en el fondo que no debe hacer.

¿El compromiso del escritor consiste en no convertirse en un producto industrial?

—El creador tiene que ser fiel a sí mismo, porque de no ser así pasa de ser un hombre capaz de expresar sus intuiciones artísticas a un fabricante que repite fórmulas.

¿Qué compañeros de generación han quedado en el olvido o bien han sido en exceso destacados?

—En todo eso juega un elemento azaroso. Se han olvidado escritores por circunstancias del momento o de la época, o porque no los han promocionado, pero en general hay una especie de selección natural, y el gran escritor rara vez queda oscurecido para siempre.

¿Queda mucha literatura del exilio español por regresar?

—Hay escritores que han sacado del exilio una imagen de España y se la han llevado, y se han creído que se la iban a encontrar a la vuelta. Fue el caso de Max Aub, que no lo entendían ni él entendía a nadie.

¿Persiste en la política actual la sombra de las dos Españas?

—No, no creo que se reproduzcan las dos Españas. No me atrevo a hacer pronósticos del futuro, pero sí creo que está cambiando todo en el mundo y no sólo en España, y ese cambio nos va a afectar profundamente.

¿Cómo es ese cambio?

—Todos los valores que han estado en vigor durante tanto tiempo, de repente se han ido al traste. Estados Unidos, que era un modelo de respeto y libertad, ahora es lo peor de lo peor.

¿Se ha desvirtuado la palabra democracia?

—Sí, aunque no hay que creer que la palabra democracia es un objeto físico incambiable, porque se está aplicando a una estructura social que es cambiable. No es lo mismo la democracia de Atenas que la de la Inglaterra del siglo XIX.

Pero hay países que dicen ir en nombre de la libertad y la democracia.

—El uso y el abuso de las palabras es una de las cosas más indignantes de la época contemporánea. La gente emplea palabras sin definir en qué consisten.

Usted vivió el exilio y ahora contempla el fenómeno de la inmigración en España.

—Ésta es una de las grandes transformaciones de la sociedad mundial.

Pero en Francia se han producido graves disturbios.

—Francia me da lástima. Ha tenido una historia tan brillante durante tres siglos y ahora asistimos a su desmoronamiento. Lo mismo se puede decir de todos los países, porque todo está cambiando mucho.

¿Se cambia a mejor o a peor?

—¿Se vive mejor con el desarrollo tecnológico o peor? En un sentido es una maravilla, pero ya sabemos que tiene inconvenientes.

Fuente: El Correo Digital.

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3 comentario/s (feed de esta discusión):
Blogger El Notas escribió:

Este tipo estuvo el otro día con Gabilondo en el telediario de cuatro (bueno, estaban en la casa de Ayala). Con sus 90 y tantos, se comía por los pies al simplón de Iñaki. Yo cuando sea mayor, quiero ser como él.

1/29/2006 05:53:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

¡Con sus 100 años! Vi también la entrevista, increíblemente lúcido, es verdad. Ya quisiera más de uno.

Más (Fuente: ABC.es)

CULTURA - Entrevista a francisco ayala

«Es intolerable publicar inéditos de un escritor tras su muerte»

Al escritor le van a celebrar sus cien años a lo grande, tanto en Madrid como en Granada, su tierra natal. Confiesa su emoción por las demostraciones de afecto y confía en aguantar y disfrutar. Su vida ha estado indisolublemente unida a la literatura y a la dignidad

TEXTO: TRINIDAD DE LEÓN-SOTELO

MADRID. Estoy sentada junto a un anciano que el día 16 del próximo mes de marzo cumplirá 100 años. Cien. Pero es ágil su mirada y placentera y alegre su sonrisa. La talla moral de Francisco Ayala (Granada 1906), puede con los años que le echen y es que su amor e interés por la condición humana —además de la genética y la suerte a las que él alude— es, y lo reconoce, el mejor salvoconducto para transitar por la vida y hacerla longeva.

Ha llevado su intimidad en lo más profundo. No ha hecho bandera del exilio que le tocó vivir tras la Guerra Civil.

En cierta ocasión, declaró a ABC que el desgarro de un adiós obligado «es una circunstancia como tantas otras. Hay dolores peores que ese, como la muerte de los seres queridos». Pero no mencionó que su padre y uno de sus hermanos habían sido asesinados. La reserva ha sido el trato que ha prodigado a su intimidad. Demasiado tiempo se negó su existencia en los libros de literatura de los niños y adolescentes españoles.

Aquel silencio se hizo sobre un escritor que es uno de los principales creadores de la literatura española contemporánea. Ahora, ese autor, enjuto y entero como un viejo árbol centenario, continúa en la brecha. De él puede decirse que es un hombre insobornable. Y eso no debe resultar fácil a través de tantas horas, semanas, meses, años, vividos, muchas veces, en el centro de terribles vendavales. Nunca se doblegó. Ha vivido y sobrevivido con dignidad. Bendito sea.

«Aquí estoy, dinámico, como si tal cosa», ha dicho al abrir la puerta de su casa, un hogar luminosamente blanco, con flores frescas en diversos lugares, que hacen aún más acogedora la estancia. Don Francisco, ¡Dios mío!, cien años tan lúcidos, que conversar con él va más allá de constituir un placer. La charla es un modo de quererlo, de admirarlo. Puede decir, todavía, que siempre ha sido fiel a sí mismo. Y evoca un precepto arcaico, que considera la expresión de la sabiduría humana: «Sé quien eres». No se refiere a normas exteriores, sino a las que se extraen de lo más hondo de uno mismo.

¿Cómo va por la vida a estas alturas, cuando, sobre todo, priva lo material?
—El cuerpo y el espíritu no se pueden separar, no se trata de una combinación, sino de una unidad, y sí, hoy se tiende más a la apreciación de los bienes corporales. Son momentos de crisis profundas, como si todo estuviera en un estado de descompensación. Sucede en España y también en el resto del mundo.
¿Dónde nos puede llevar esta situación?
—El futuro es imprevisible, de modo que no puedo hacer un pronóstico. Yo desearía lo que ha sido mi aspiración durante toda mi existencia, paz, libertad. El respeto a los demás es esencial.
Usted ha huido de la «vida literaria». Los que le han considerado poseedor de un carácter seco, ignoran su timidez innata, ¿Es, también, modesto?
—La modestia quizá sea una forma secreta de la soberbia.
No le voy a llevar la contraria, pero usted ha pasado, siendo un escritor total, un académico, alguien que tiene el Príncipe de Asturias y el Cervantes, como de puntillas. No se ha prodigado en apariciones públicas.
—He tenido galardones, pero jamás los he buscado, aunque, claro, si han llegado han sido bienvenidos. No desdeño los premios como fingen algunos. He respetado tanto mi profesión de escritor, que nunca he sido partidario de capillitas. He asistido a lo que era realmente indispensable. Nunca he escrito por escribir, tampoco por dinero. Ha habido tiempos más apretados que otros, así de sencillo. La función del arte no es mejorar la economía del artista.
¿Qué ha querido lograr a través de su obra?
—He deseado expresarme a mí mismo y dar fe de la realidad, del mundo. No soy un escritor profesional en el sentido social de la palabra. Lo mejor que puedo recibir a cambio es que los lectores me entiendan a fondo. Eso es lo más grato. Busco en ellos entendimiento, simpatía, fraternidad.
¡Ay, don Francisco, que bella palabra, pero qué ajena a la vida actual!
—Por supuesto, pasan cosas que nada tienen que ver con ella, cosas que se hacen sin tino, y entonces me llegan el desánimo y el desagrado. Soy una persona muy reflexiva, que nunca se ha negado a mirar de frente a la realidad, pero quizá por eso sé que en el mundo se dan el bien y el mal y hay que vivirlos. Existe mucha violencia y chicas de 14 años que se emborrachan mientras los padres están tranquilos en la cama. Son ellos los que no saben ejercer su papel, ni lo que supone engendrar un hijo. Tiene razón cuando afirma que la fraternidad es escasa, pero eso varía según las estructuras sociales. Es muy diferente la relación entre las personas en una aldea, que en una gran metrópoli.
¿Es usted muy benévolo?
—He vivido tanto y tantas cosas, que tiendo a comprender. Hay gente para la insensibilidad, pero también para lo contrario.
En efecto, hay muchos jóvenes que se entregan a los desheredados de la tierra.
—Por un lado está la violencia y por otro, la abnegación a fondo. A la vida hay que ir siempre dispuesto a afrontar lo que sea. Usted dice que me encuentra tan lúcido como siempre, pero es que no hay que pavonearse, ni actuar creyendo que se sabe todo.
¡Menudo homenaje le están preparando para su cumpleaños! Su esposa ha tenido que recurrir a la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, para que coordine el aluvión de actos. ¿Cómo se prepara?, porque usted se encoge ante este tipo de cosas.
—Estoy muy satisfecho, porque es una demostración del cariño de la gente hacia mí, pero a mi edad tengo que ser prudente con las emociones. Vamos a ver si lo puedo aguantar y disfrutar.
¿Trabaja ya en las palabras que pronunciará?, aunque usted tiene capacidad para improvisar.
—La verdad es que todavía no sé lo que haré. El otro día acudí a la Asociación de la Prensa y también a la Sociedad General de Autores.

En lo que respecta a los medios, Ayala es Periodista de Honor, no hay que olvidar que ha sido escritor en los periódicos. La sonrisa acompaña a sus palabras, porque si hay algo claro es que está contento, como quien a pesar de que piense en lo que denomina «el milagro» de su cumpleaños, siente la satisfacción de un hombre de bien. Prefirió que sus libros no se editaran en España a que «fueran mutilados», luego, añade, «poquito a poco, las cosas se fueron normalizando». Cuando estalló la guerra, Ayala estaba fuera de España, pero regresó, porque, rememora, «nunca se pensó que aquello fuera a durar tanto tiempo».
En 1939 inicia un exilio —Argentina, Puerto Rico, Estados Unidos— que interrumpe en 1960, aunque no regresó definitivamente hasta que se jubiló. Aquel fue un tiempo en el que compatibilizó la literatura con su oficio de profesor de literatura, del que guarda buenos recuerdos, aunque tampoco faltaron en las universidades americanas, como en todo, «alumnos quisquillosos y otros que prestaban atención».

Su primer título, «Tragicomedia de un hombre sin espíritu», se publicó cuando el autor tenía 20 años. «Muertes de perro», «Los usurpadores», «La cabeza del cordero», «Historia de macacacos» son ya clásicos, pero suele decirse que su obra cumbre es «El jardín de las delicias», una afirmación que le hace fruncir el ceño, porque, en su opinión, se ha entregado a todo cuanto ha escrito por igual. Simpre activo, en Argentina fundó la revista «Realidad» y en Puerto Rico, «La Torre». Para lo que ha estado bien dispuesto el autor de «El fondo del vaso» es para romper todo lo que no le ha satisfecho. Todo lo que ha escrito y no le ha gustado lo ha roto, papel a papel.

¿No nos dejará inéditos?
—No. Me parece, además, intolerable que se publiquen cosas de un escritor tras su muerte, porque si él no lo hizo por algo sería. No es bueno abrumar con inéditos. Soy totalmente opuesto a ello.

Ayala, que confió a ABC, en 1998, que daba por cerrada su obra, sigue, no obstante, escribiendo sus intervenciones en los actos a los que asiste.

¿Qué opina de los ancianos que tiran la toalla de la vida, apartándose de todo?
—Uno vive hacia el futuro hasta cierto punto, luego sabe que carece de él. Lo que queda por hacer es revivir y revisar el pasado y aceptar la muerte tranquilamente.
Pero usted hace una vida intelectualmente activa y en cuanto a actividad física —nunca ha hecho gimnasia— llega hasta donde puede.
—Hay gente joven que abdica de la vida. Pero no tengo ningún consejo que dar a nadie, no porque sea inútil, sino porque esa actitud es cuestión de la personalidad de cada cual.

Este hombre, que ha dado la vuelta al mundo de la condición humana durante cien años, menciona el Quijote como el libro de sus preferencias. Curiosamente, su rostro avanza hacia trazos quijotescos, si bien nunca ha confundido molinos de viento con gigantes enemigos, pero sí ha luchado en situaciones reales con la fuerza de un idealista. De un humanista. A los noventa y tantos ya dejó dicho en ABC, a través de su existencia, había cumplido consigo mismo —«era mi único compromiso»—, o que es deficientemente humano quien no desea la libertad, o admitía que la vida le había dado mucho, pero que tampoco le había pedido cosas ajenas a su personalidad.

¿Qué precio ha pagado por saber decir no?
—Ninguno. Y no le dé merito. Uno es como es.

1/29/2006 11:18:00 p. m.  
Blogger El mundo de Daan escribió:

Pues para ser la primera vez, que escucho hablar de ese caballero, ya se llevó las palmas con esta respuesta...

"El creador tiene que ser fiel a sí mismo, porque de no ser así pasa de ser un hombre capaz de expresar sus intuiciones artísticas a un fabricante que repite fórmulas."

¡Caray, con lo que a veces me empeño yo en emular la métrica de un verso, sin llegar a nada, en lugar de seguir a pulso mis densos garabatos...!

¡ Bienaventurado el señor con su respuesta, si señor...!
y de tarea, me queda la inquietud de conocer su mente y su palabra.

¡ Gracías por dejarmele conocer un poco...!

2/13/2006 06:30:00 a. m.  

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