07 diciembre, 2005

Fragmentos poco conductistas en El Jarama

Encontré más pasajes parecidos cuando lo leí, pero sólo me acordé de apuntar algunos, de los que estos son los que me parecen ahora más llamativos.

Habla el autor:
      Bajaba el sol. Si tenía el tamaño de una bandeja de café, apenas unos seis o siete metros lo separaban ya del horizonte. Los altos de Paracuellos enrojecían, de cara hacia el poniente. Tierras altas, cortadas sobre el Jarama en bruscos terraplenes, que formaban quebradas, terrazas, hendiduras, desmoronamientos, cúmulos y montones blanquecinos, en una accidentada dispersión, sin concierto geológico, como escombreras de tierras en derribo, o como obras y excavaciones hechas por palas y azadas de gigantes. Bajo el sol extendido de la tarde, que los recrudecía, no parecían debidos a las leyes inertes de la tierra, sino a remotos caprichos de jayanes.
El autor (o el punto de vista de un personaje, menos probable):
      Acomodaba la cabeza sobre un bulto de ropa; se puso de costado:
      –Ya sí que cae la noche –añadió–. Se echó encima de veras.
      Desde el suelo veía la otra orilla, los páramos del fondo y los barrancos ennegrecidos, donde la sombra crecía y avanzaba invadiendo las tierras, ascendiendo las lomas, matorral a matorral, hasta adensarme por completo; parda, esquiva y felina oscuridad, que las sumía en acecho de alimañas. Se recelaba un sigilo de zarpas, de garras y de dientes escondidos, una noche olfativa, voraz y sanguinaria, sobre el pavor de indefensos encames maternales; campo negro, donde el ojo de cíclope del tren brillaba como el ojo de una fiera.
Interior de un personaje:
      Estaba a oscuras, tendida en la cama. Oía las voces del jardín; a veces tras el postigo cerrado la mano de Maríaluisa o de Samuel, que pasaba rozando los cristales. Estaban todos allí mismo, alborotando, junto a la ventana; distinguía las voces. Veía en el techo, sobre la virgen de escayola, el redondel de luz amarillenta que proyectaba, desde el tazón de aceite, la lamparilla que tenía su madre por la novena de la Virgen de Agosto. También hacía un punto de brillo en el cromo de la cama; tiritaba el reflejo. Fuera pedían música, música, porque ese Lucas no quería moverse a ponerles en marcha la gramola. Luego decían que el vino se había terminado y a lo mejor era ella la que tendría que levantarse a poner más. Relajaba su cuerpo. Se puso el antebrazo sobre los párpados cerrados, para no ver el resplandor en el cañizo, ni el reflejo en el cromo. Después oía a los Ocaña en el pasillo; no quiso levantarse; cambiaba de postura y sonaron los metales de la cama. Pendía del techo una rama seca de laureles, casi encima de la cabeza de la Virgen. Clavó sus uñas en la cal de la pared, a la izquierda de su cama, fuertemente; sintió grima, y se volvía sobre el costado derecho, cuando oyó que su madre la llamaba. Titubeó un instante; buscó la pera de la luz.
      –¡Voy, madre!


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