07 septiembre, 2004

Un poco de escepticismo en el cine



Últimamente parece que me persiga el escepticismo. Hasta en las últimas películas que he visto me llamaron la atención comentarios críticos o burlones a la charlatanería, la pseudociencia o los fenómenos paranormales.

      Esta impresión es causada en realidad por una forma saludable de pensamiento mágico, claro. El escepticismo, desgraciadamente, dista mucho de estar tan extendido en la cultura popular como me pareció falsamente. Lo que sucede es que mis mecanismos cerebrales de percepción seleccionan, de entre todos los datos que recibo, sólo los significativos o relacionados entre sí, creando a veces una falsa ilusión de "algo más que casualidad". Nuestra cabeza nos gasta muchas veces este tipo de bromas, muy agradables si se saben reconocer y no las tomamos demasiado en serio. Es lo mismo que sucede cuando creemos haber acertado en una predicción: nos olvidamos de todos los presagios que nunca se cumplieron ("Menos mal que llamas, tenías a tu madre preocupada.") y sólo damos importancia, por llamativos, a los que parecen cumplirse ("Qué casualidad que me llames, estaba justo pensando en ti."). Trampas de la percepción...

      El caso es que recientemente me he topado en películas con algunos diálogos interesantes para el escéptico, por lo que los transcribo más abajo, supongo que vulnerando derechos intelectuales y de autor.

      La primera muestra me la entrega Pequeño Gran Hombre, de Arthur Penn, un clásico del cine del oeste en el que Jack Crabb, un blanco criado por los indios, nos cuenta su vida, como un Lazarillo del río Pecos, por la que pasan casi todos los personajes típicos del cine del género. Uno de los episodios trata su relación con un charlatán ambulante, de los que vendían whisky como remedio universal, al que Jack sirve de gancho. El charlatán es continuamente apaleado y emplumado, por cierto. Si será cierto eso de que hemos perdido sabidurías milenarias...

CHARLATÁN.— Lo haces mucho mejor, Jack, aunque no logras librarte de tu complejo de honradez. Te estropeó ese maldito indio Piel Vieja, muchacho.
JACK.— Quieres decir Viejo Guarda Pellejos...
CHARLATÁN.— Si, si... Te dio una visión de orden moral en el universo, cuando no existe ninguna. Las estrellas brillan en el vacío, querido muchacho, y todos los sueños y designios de las criaturas humanas son en vano. Todos en vano, Jack.
JACK.— ¿No has oído algo?
CHARLATÁN.— ¡Escúchame! Las criaturas humanas se lo creen todo. Y cuanto más absurdo, ¡aún mejor! Las ballenas hablan francés en el fondo del mar, los caballos de Arabia tienen alas de plata, los pigmeos se aparejan con los elefantes en la tenebrosa África... De todas esas bobadas yo he sacado dinero. Si...
JACK.— Bueno, puede ser que todos nosotros seamos tontos.
CHARLATÁN.— Eso es... Si te quedas con Allardyce Meriweather tendrás camisas de seda.
JACK.— No sé si quiero llevar camisas de seda.
CHARLATÁN.— ¿Qué otra cosa puede llevar un hombre de talento sino camisas de seda?
UNA VOZ DESDE LA ESPESURA.— ¡Brea y plumas, supongo! (Y aquí es cuando los linchan.)

      La segunda viene de la mano de Woody Allen, en La Comedia Sexual de una Noche de Verano. El principio de la película es el discurso filosófico del Dr. Leopold, intelectual de fama mundial, durante una de sus clases universitarias. El lado metafísico lo representa el propio Allen, tan aficionado a los temas filosóficos, en la piel de un inventor heterodoxo y algo espiritista. El Dr. Leopold acaba por no salir muy bien parado, por supuesto; pero estamos en una comedia, sin la ficción sobrenatural no sería tan interesante, como tantos clásicos del cine y la literatura...


DOCTOR LEOPOLD.— ¿Fantasmas, espectros y duendes? No creo en ellos. ¿Y usted, señor Foxx?
FOXX.— No, señor.
DOCTOR LEOPOLD.— Me sorprende, con lo que le gustan los galimatías metafísicos.
FOXX.— No me refería espíritus como a fantasmas, señor.
DOCTOR LEOPOLD.— Nada es real salvo la experiencia, aquello que se puede palpar, saborear o comprobar de alguna forma científica. No debemos confundir hechos cualitativos que destacan por sus similitudes con las sustancias fijas. (Se dirige a un alumno.) Sr. Snell, como ya falta muy poco para las vacaciones de verano, le agradecería que permaneciese despierto hasta que termine la clase.
SNELL.— Disculpe, señor.
UN ALUMNO.— ¿Debo entender que, en su opinión, la metafísica no merece ser tratada seriamente?
DOCTOR LEOPOLD.— Como ya manifesté claramente en mi último artículo: los filósofos metafísicos son hombres demasiado débiles para aceptar el mundo tal como es. Sus teorías en cuanto a los llamados "misterios de la vida" no son más que proyecciones de su propio desasosiego. Más allá de este mundo no existen realidades.
OTRO ALUMNO.— Pero eso deja insatisfechas muchas necesidades humanas elementales.
DOCTOR LEOPOLD.— Lo siento, pero yo no he creado el cosmos, tan sólo lo explico.

      El último diálogo lo extraigo de El Rostro, de Ingmar Bergman, de las tres películas, la más completa para el escéptico. En ella un espectáculo ambulante, El Circo Magnético del Dr. Vogler, llega a un pueblo donde las autoridades locales lo someten a una inspección antes de permitir representaciones. La película, según los enterados, es una reflexión simbólica sobre el oficio del artista; pero podemos ignorar perfectamente significados tan profundos y fijarnos en las técnicas de los nada escrupulosos charlatanes para enriquecerse o conseguir todo tipo de beneficios (incluso sexuales) a costa de la credulidad ajena: desde el embaucamiento sencillo a la venta de remedios milagrosos y filtros amorosos (las antiguas "medicinas alternativas"), pasando por el curanderismo y una magistral reproducción de una presentación pseudocientífica cuando se explican los poderes del Dr. Vogler (una especie de Uri Geller mudo del siglo XIX), que incluye referencias al esotérico magnetismo animal de Mermer, a la filosofía oriental, el despertar mental... además del clásico recurso de sacar la terminología científica de contexto. Merece una mención especial la preciosa reproducción de las complicadas tecnologías punteras que algunos magos, charlatanes y espiritistas empleaban antiguamente: la linterna mágica y los espejos para falsificar apariciones fantasmales, imanes para simular mover objetos con magia, cables para fingir levitaciones... El diálogo es de la escena en que el Sr. Verguerus, consejero médico y el escéptico a batir, visita en su habitación a la bella mujer del Dr. vogler. Reflexiones muy interesantes y un ejemplo de las no poco habituales reacciones emocionales de los que viven del misterio... cuando ven peligrar su cómodo medio de vida (yo encuentro similitudes entre el matrimonio Vogler y alguna famosa pareja de charlatanes multimedia). El único defecto es que los escépticos son tan malísimos que estás deseando que el Dr. Vogler tenga poderes de verdad... Pero ya se sabe, no es en realidad una película escéptica, es una reflexión simbólica sobre el oficio del artista, o eso dicen.

DR. VERGUERUS.— Una maravilla magnética... Mis respetos por el talento del Dr. Vogler.
SRA. VOGLER.— Soy su esposa.
DR. VERGUERUS.— ¿Por qué la mascarada?
SRA. VOGLER.— Nos han llamado y teníamos que vestirnos.
DR. VERGUERUS.— ¿Por qué no lo deja todo?
SRA. VOGLER.— ¿Y a dónde iría?
DR. VERGUERUS.— Déjeme contarle un secreto. Usted y su marido despiertan en mí una curiosa compasión.
SRA. VOGLER.— No me lo creo.
DR. VERGUERUS.— Les he tomado cariño de inmediato. Sus rostros, su silencio, su dignidad natural... Créame, no se lo diría si no fuera cierto.
SRA. VOGLER.— Si eso es lo que piensa, déjenos en paz.
DR. VERGUERUS.— No puedo.
SRA. VOGLER.— ¿Por qué?
DR. VERGUERUS.— Porque ustedes representan aquello que yo más detesto: lo inexplicable.
SRA. VOGLER.— Entonces deje de perseguirnos, Sr. Verguerus. Toda nuestra empresa es un engaño, un enorme engaño.
DR. VERGUERUS.— ¿Engaño?
SRA. VOGLER.— Disimulo, promesas falsas, dobles fondos... Una mentira podrida y miserable. Somos la peor chusma que pueda encontrar.
DR. VERGUERUS.— ¿Su marido piensa lo mismo?
SRA. VOGLER.— Él no habla.
DR. VERGUERUS.— ¿Es cierto?
SRA. VOGLER.— Nada es cierto.

DR. VERGUERUS.— Entonces su marido no tiene poderes secretos, quizás por eso no me ha afectado, sólo he experimentado una emoción fría. Ha fallado.
SRA. VOGLER.— Eso da igual.
DR. VERGUERUS.— ¿Puedo estar tranquilo?
SRA. VOGLER.— Puede estarlo, señor Verguerus. Comprobará nuestra ineptitud una y otra vez.
DR. VERGUERUS.— Parece que lo lamenta, como si deseara otra cosa. Pero los milagros no existen. Siempre son los aparatos y las palabras los que hacen el trabajo. A los sacerdotes les ocurre lo mismo: Dios se queda callado y la gente habla.
SRA. VOGLER.— Sólo una vez.
DR. VERGUERUS.— Y para todos. Sólo una vez. Para los no creyentes y, sobre todo, para los creyentes. Sólo una vez.
SRA. VOGLER.— Sólo una vez, es cierto.
DR. VERGUERUS.— ¿Tiene miedo?
SRA. VOGLER.— Sí.
DR. VERGUERUS.— ¿De mí también?
SRA. VOGLER.— Sobretodo.
DR. VERGUERUS.— Me halaga.
SRA. VOGLER.— Podría tolerar sus modales y sus chistes.
DR. VERGUERUS.— Entonces ¿qué teme?
SRA. VOGLER.— Su sonrisa, su benevolencia.
DR. VERGUERUS.— (Ríe condescendientemente.) Usted es una persona inteligente, ¿por qué sigue un camino que sólo puede llevarla a la perdición y a la cárcel? ¿Siempre ha sido así?
SRA. VOGLER.— No.
DR. VERGUERUS.— ¿Alguna vez creyó que todo esto tenía sentido?
SRA. VOGLER.— Hace mucho.
DR. VERGUERUS.— ¿Por qué no detener el tiempo, señora Vogler?
SRA. VOGLER.— No tiene sentido.
DR. VERGUERUS.— ¿Es por su marido?
SRA. VOGLER.— ¡He dicho que no tiene sentido! No hay marcha atrás, ni a un lado. No para nosotros.
DR. VERGUERUS.— A pesar de lo que dice... Cuando se haya cansado de los imanes, me llama. Prometo ayudarla, de una forma u otra.
SRA. VOGLER.— ¿Y mi marido?
DR. VERGUERUS.— (Marcando con ironía su despecho.) Oh...
SRA. VOGLER.— Se lo agradezco.

(El Dr. Vogler los observa en silencio desde la puerta de la habitación, los ha estado escuchando)

DR. VERGUERUS.— Ya me iba. (El Sr. Verguerus se dirige hacia la puerta y se para a la altura de Vogler, para hablarle.) Una pregunta: ¿debemos esperar más trucos o El teatro magnético del Dr. Vogler ya ha agotado todos sus recursos?

(El Dr. Vogler le ataca y forcejean unos momentos.)

DR. VERGUERUS.— (Encarándose.) Deje que le dé mi enhorabuena, doctor. Su esposa le es fiel hasta la locura.
SRA. VOGLER.— Váyase, por Dios.
DR. VERGUERUS.— ¿Cree que va a matarme? ¿Quiere usted matarme, Volgler? Usted me odia, pero me gusta. Es muy estimulante.
SRA. VOGLER.— Por favor, váyase de aquí.
DR. VERGUERUS.— Ya me voy. Buenas noches, señora. Buenas noches... "doctor".

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1
De: Asigan Fecha: 2004-09-14 15:26

Muchas personas aseguran que un argumento cinematográfico en el que todas las sugerencias esotéricas resultaran ser falsas carecería de interés para el público.Pero yo no estoy de acuerdo. Creo que el mérito de una película no es del argumento,o por lo menos no exclusivamente. Y un argumento escrito en clave detectivesca puede conseguir un buen público. Recuerdo una película de Steve Martin,El Charlatán, me parece, en la que se mostraban muhcos de los trucos de los sanadores por la fe. Claro que, al final, acaba produciendose un milagro.


2
De: Gerardo García-Trío Fecha: 2004-09-14 16:27

Yo también creo que se podría hacer una película escéptica y comercial. Que enganche es más merito de un buen guión y dirección que del argumento en sí. O una serie, una especie de CSI, por ejemplo, pero investigando misterios que se quedan en nada. Es una idea tan friqui que no me extrañaría que tuviese audiencia...


3
De: Gerardo García-Trío Fecha: 2004-09-14 19:58

Y gracias por decirme otra peli. La apunto en la agenda, a ver si me la encuentro y la veo...


4
De: Miguel Fecha: 2005-02-10 17:25

¿Y scoby doo? ¿Hemos olvidado a scooby doo? Lo peor que pudieron hacer con la película fue transformar lo que siempre eran patrañas en verdaderos fantasmas... Todo para poder presumir de efectos especiales... Que asco.


5
De: Gerardo Fecha: 2005-02-15 18:51

Propongo a Scooby Doo como mascota escéptica...

7/21/2005 12:50:00 a. m.  

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