20 agosto, 2016

Español correcto: estilo directo y estilo indirecto libre

Resucito la sección del blog delitos del lenguaje para publicar uno que lleva años perturbando a mi lado obsesivo-compulsivo.

      Se trata de una cita inexacta de La Regenta que se usa en los manuales de la Real Academia Española Ortografía de la lengua española y Diccionario Panhispánico de dudas. La citan, como ejemplo del uso de comillas, así:
*«¡Hasta en latín sabía maldecir el pillastre!», pensó el padre.
      Sin embargo, el texto de La Regenta es:
«¡Hasta en latín sabe maldecir el pillastre!», pensó el padre.
      ¿Por qué me he dado cuenta de este cambio mínimo? Por supuesto, no voy comprobando todas las citas de lo que leo ni me sé La Regenta de memoria (en el reparto para evitar un futuro a lo Fahrenheit 451 a mí me tocó aprenderme 100 cosas que no sabías sobre tu gato). Esto es una de tantas cosas en que se fija —o debería— un corrector de estilo.

      Lo que noté es que la cita es una mezcla extraña de estilo directo y estilo indirecto libre, probablemente porque, al copiarla, alguien hizo sin querer esta corrupción hacia el segundo, ya que La Regenta suele considerarse el paradigma de esta modalidad del discurso en español.

      Lo gracioso es que, tal como escriben la cita en la Real Academia, no debería llevar comillas. En realidad, el imperfecto «sabía» y el verba dicendi (formas de verbo como «pensó», «dijo», «contestó») deberían excluirse por pertenecer a estos dos diferentes estilos. Eso es lo raro que noté en la cita y por eso la comprobé pensando, en un principio, que podía ser un desliz curioso de Clarín. Tuve la suerte de estudiar, en Santiago, Narratología, la disciplina que trata este tipo de cosas (el profesor era Darío Villanueva, por cierto). Si te apasiona, nunca vuelves a leer igual.

      Creo que la diferencia entre los estilos será más fácil de entender con un ejemplo. Es un asunto que merece un artículo aparte (en ello estoy, ¡aunque no os va a gustar!); pero enseñaré al menos cómo podrían ser ambos fragmentos de la novela en estas dos modalidades del discurso.

      Primero, la original, en estilo directo, en el que se citan las palabras o pensamientos de los personajes de manera textual.
«¡Hasta en latín sabe maldecir el pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios que le costaba aquel enemigo.
      Y aquí tienes una versión que me he atrevido a inventarme en estilo indirecto libre (exagerando para hacerlo más evidente). Fíjate en la ausencia de verba dicendi y comillas y en que no se cita directa o indirectamente lo que piensa el personaje, sino que este habla a través de un narrador en tercera persona impregnado de su punto de vista y discurso.
¡Hasta en latín sabía maldecir el pillastre! ¡Menos mal! Parecía que por fin iba aprovechando los estudios. ¡Y más le valía! Con los sacrificios que le costaba… Este hijo suyo era como tener el enemigo en casa.
      Informé a la Real Academia Española, a través de Twitter, de esta inofensiva errata; pero temo que la corrección se pierda al haberla transmitido por un medio tan informal. Por el momento, me han dado las gracias (¡de nada!) y me contestan que toman nota. La verdad es que me gustaría verla incorporada en siguientes ediciones, mi trastorno obsesivo-compulsivo mejoraría… un poco.

      A todo esto, no te preocupes demasiado por este asunto si no escribes textos literarios, esta es una corrección de estilo que solo se aplica a ellos. Bueno, y a los que incluyan citas.

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5 comentario/s (feed de esta discusión):
Blogger robotkarel escribió:

Soy solo un diletante pero me encantaría que ampliaras esta discusión sobre el estilo directo e indirecto al uso que le da Saramago en todas sus novelas, mezclando su narración con la voz de los personajes, o por ejemplo García Márquez en El Otoño del Patriarca.

8/27/2016 05:55:00 a. m.  
Blogger Gerardo escribió:

¡Diletantes somos todos! Vaya petición más específica la tuya... ¡Pero vale!, echaré un vistazo a estos textos que me dices y a ver si puedo comentar algo. Tendrás que estar pendiente de los comentarios, no sé cuánto voy a tardar (estoy de exámenes). Un saludo.

8/27/2016 04:11:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

¡Y gracias por comentar! ¡Pero si me hace ilusión y todo después de tanto tiempo con el blog parado!

8/27/2016 04:35:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Hola de nuevo. Pues vamos a intentar responderte. Con el libro de Márquez no creo que pueda responderte. No lo he leído y no se debería hacer un análisis superficial, menos aún en lo que parece un libro complejo. Por encima, he visto que tiene varios narradores, todos en primera persona.

En cuanto a Saramago sí puedo decir algo, ya que, al menos lo que he leído ha sido parecido en el aspecto narrativo. Al repasar algunos libros (Ensayo sobre la ceguera y El hombre duplicado) he visto lo que me parecía recordar: lo que caracteriza a Saramago es una puntuación no tradicional, que se nota especialmente en los diálogos, que no se señalan con rayas o comillas ni se puntúan siquiera con signos de exclamación o interrogación; la única marca que suele señalar una frase dialogada es una mayúscula inicial que no va tras un punto.
Su puntuación parece un préstamo a de cómo usan el monólogo interior interior algunos autores, pero, aparte de la disposición tipográfica, aunque la ausencia de puntuación cree esa impresión de «forma de escribir rara», no veo nada fuera de lo común en su forma de narrar, no es estilo indirecto libre ni flujo de conciencia (monólogo interior).
Narrativamente, no usa una técnica diferente de la omnisciencia autorial de Galdós o Tolstói, por ejemplo. La omnisciencia autorial es el narrador más tradicional: es básicamente un narrador externo a la historia, en tercera persona, que, como una especie de dios, tiene acceso a todo tipo de informaciones y detalles, como las mentes de sus personajes, sus sueños y motivaciones, etc. y con una voz propia que interviene a veces para dejar sus opiniones, observaciones sobre la historia, digresiones… y que hasta interpela al lector. Todas las novelas que he leído de Saramago (he leído pocas), si recuerdo bien, creo que tienen un narrador como este. Supongo que habrá hecho cosas diferentes.

9/09/2016 07:53:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Un experimento con este fragmento de Ensayo sobre la ceguera:
Un coche se paró en la calle, Al fin, pensó, pero, de inmediato, le pareció raro el ruido del motor, Eso es diésel, es un taxi, dijo, y apretó una vez más el botón de la luz. La mujer acababa de entrar, nerviosa, Tu santo protector, esa alma de Dios, se ha llevado el coche, No puede ser, seguro que no miraste bien, Claro que miré bien, yo no estoy ciega, las últimas palabras le salieron sin querer, Me habías dicho que el coche estaba en la calle de al lado, corrigió, y no está, o quizá lo dejó en otra calle, No, no, fue en ésa, estoy seguro, Pues entonces, ha desaparecido, O sea que las llaves, Aprovechó tu desorientación, la aflicción en que estabas, y nos lo robó, Y yo que no lo dejé que entrara en casa, por miedo, si se hubiera quedado haciéndome compañía hasta que llegases tú, no nos habría robado el coche, Vamos, está esperando el taxi, te juro que daría un año de vida por ver ciego también a ese miserable, No grites tanto, Y que le robaran todo lo que tenga, A lo mejor aparece, Seguro, mañana llama a la puerta y nos dice que fue una distracción, nos pedirá disculpas, y preguntará si te encuentras mejor.

Vemos que se puede transcribir sin ningún conflicto de una manera tradicional:

Un coche se paró en la calle. «Al fin», pensó, pero, de inmediato, le pareció raro el ruido del motor. «Eso es diésel, es un taxi», dijo, y apretó una vez más el botón de la luz. La mujer acababa de entrar, nerviosa.
—Tu santo protector, esa alma de Dios, se ha llevado el coche.
—No puede ser, seguro que no miraste bien.
—Claro que miré bien, yo no estoy ciega —las últimas palabras le salieron sin querer.
—Me habías dicho que el coche estaba en la calle de al lado —corrigió— y no está, o quizá lo dejó en otra calle.
—No, no, fue en ésa, estoy seguro.
—Pues entonces, ha desaparecido.
—O sea que las llaves…
—Aprovechó tu desorientación, la aflicción en que estabas, y nos lo robó.
—Y yo que no lo dejé que entrara en casa, por miedo, si se hubiera quedado haciéndome compañía hasta que llegases tú, no nos habría robado el coche.
—Vamos, está esperando el taxi, ¡te juro que daría un año de vida por ver ciego también a ese miserable!
—No grites tanto.
—¡Y que le robaran todo lo que tenga!
—A lo mejor aparece.
—¡Seguro!, mañana llama a la puerta y nos dice que fue una distracción, nos pedirá disculpas, y preguntará si te encuentras mejor.


Y en este otro fragmento vemos esa voz autorial que decía, el narrador hablando por sí mismo:

Los escépticos sobre la naturaleza humana, que son muchos y obstinados, vienen sosteniendo que, si bien es cierto que la ocasión no siempre hace al ladrón, también es cierto que ayuda mucho. En cuanto a nosotros, nos permitiremos pensar que si el ciego hubiera aceptado el segundo ofrecimiento del, en definitiva, falso samaritano, en aquel último instante en que la bondad podría haber prevalecido aún, nos referimos al ofrecimiento de quedarse haciéndole compañía hasta que llegase la mujer, quién sabe si el efecto de la responsabilidad moral resultante de la confianza así otorgada no habría inhibido la tentación delictiva y hubiera facilitado que aflorase lo que de luminoso y noble podrá siempre encontrarse hasta en las almas endurecidas por la maldad. Concluyendo de manera plebeya, como no se cansa de enseñarnos el proverbio antiguo, el ciego, creyendo que se santiguaba, se rompió la nariz.

9/09/2016 07:54:00 p. m.  

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